Introducción

-El Hotel Amor-
Y tuve una cita contigo, una cita a ciegas,
en la que no pusimos ni hora ni fecha.
Te esperaba cada día asomada a la ventana mirando hacia el horizonte, esperando tu
llegada.
Y pasé un frío invierno, con mi vestido de primavera lleno de flores y olores, para que
tú vieras.
Mientras pasaban las estaciones, el vestido se iba arrugando, humedeciéndose de
lágrimas, al no saber de tu llegada, arrancados los botones de tantas ganas.
Y tu me llegabas y yo…esperaba
Desde el hotel del amor nunca perdí la esperanza,
más un día me desalojaron, de ese lugar donde te esperaba.
¡Y ya no se donde encontrarte!
Sigo esperando en la calle,
con mi ajado vestido de flores roto, desteñido, destrozado,
como mi corazón, pero aun latiendo acompasado por que nunca faltó a una cita,
de las de lo ojos cerrados, y puedo esperarte año tras año.

No sabía quién eras, pues fue la brisa de marzo la que de ti me habló. Me llenó los
oídos de tus virtudes. Despeinó mi pelo con tus caricias guardadas en el viento. Me
inundó de tu esencia de primavera y con tu risa de sirena me susurró canciones de
amor. Con el
azul de tus lindos ojos iluminó sin yo pedirlo mis rincones más oscuros. También me
dijo que tus besos sanarían mi hueco y agrietado corazón. Acepté un encuentro
contigo, una cita a ciegas creo que lo llamó. No acordamos ni precios ni peajes, pues
solo era contigo, con quien yo quería estar.
Te pido disculpas, te ruego perdón. Quizás llegué demasiado tarde, pero mi
demora…tiene una explicación. Atiende.
Caminé día y noche bajo el yugo del verano. Mi piel se quemó y solo tierra seca
encontré tras cada uno de los horizontes de fuego. Así fue como el sentido del gusto
perdí. Sin agua que beber, sin lágrimas que poder saborear.

Con el otoño no tuve mejor fortuna, pues fueron mil susurros de viento los que
azotaron mi cuerpo desnudo con hojas de tres picos. Tras las últimas lloviznas de
niebla, perdí el sentido del tacto.
Pensé morir cuando cara a cara con el invierno me encontré. Le di la vista, mi bien más
preciado de los que aun guardaba, necesitaba conservar la vida para poder llegar a ti. A
tientas vagué por frías estepas, colinas y grutas sabiendo que no iba a morir. Invierno,
mantendría su palabra. Solo pensaba en encontrar tu dulce aroma de flores.
—Han cerrado el Hotel Amor. Escuché que decían, no podía creerlo. Jamás te
encontraría.
Caí de rodillas, derrotado. Lloré con ojos muertos unas lagrimas que no sentí, que no
paladeé.
De repente algo sucedió, ¡olía a flores, a miel, a primavera! Fue tu voz hecha canción la
que entre sombras ahora buscaba. El viento me trajo lo buscado. Así fue como te
encontré mi amor.

Intuí que llegarías a mi, la brisa me traía el olor a ti, ese olor a tiempo, a espacio, a esa
lucha contra todos los elementos, sentía en mi pelo tus besos y en mi alma, tú deseo.
Pacientemente te estaba esperando, no hice nada más que rezar, pedir a todos los
dioses, ángeles y santos que te trajeran a mi sano y salvo.
La brisa fue nuestra Celestina, también ella me habló de ti, me dijo lo valiente que
eras, que no renunciabas a volver amar y yo podía ser bálsamo.
De la fuerza de tus brazos, de la lealtad de tu esencia, del oscuro de tus ojos, de tu
corazón de león, que no tan a ciegas era la cita, que yo ya atraída me sentí.
Has dejado los sentidos en el duro camino, arrasado, malherido, tal vez, enamorado,
porque sólo con ese sentimiento se puede llegar de esa batalla sólo herido.
Y quiero ser tu lazarillo, ser bálsamo de tus heridas, ser esa mujer por la que te jugaste
la vida.
Esa mujer de la que te hablaron, la de los ojos claros, la que despeinaba tu pelo con sus
suspiros, la que besaba tus mejillas con labios alados, la que cantaba tristes canciones
de amor, susurradas a tus oídos, aquella que toda la vida habías esperado.

Y yo ya sin vestido, sólo el olor a flores me queda, que ahora sean nuestras manos, las
que piel con piel se entiendan.
Que no importa que no me veas, que sean tus dedos ojos, que vuelva la primavera.
Que dicen que el Hotel del amor cambió de dueños, que han arreglado las goteras, que
mis lágrimas derramadas atrancaban todas las puertas, que decidieron no volver a
abrir hasta que tu no vinieras.
Tenemos la habitación pagada, para el resto de nuestros días pues a quienes luchan
por encontrarse, el Hotel del amor le ofrece la mejor habitación con vistas.
Será ahora mi mirada la que ilumine tu vida, al igual que tus labios fundan tu vida y la
mía.
EN el Hotel del amor, esperé mi cita a ciegas y de ti he quedado cegada yo.

Amor. Cuan grande es mi desdicha, pese a la felicidad que acuna mi alma, sabiendo
que por fin te encontré. Tuve que pagar un alto precio pues tan solo olerte y
escucharte puedo. Por favor mi vida cántame a favor de la brisa de marzo, inunda mis
oídos con tus más sinceras palabras de amor y haz que mis pulmones se llenen de tu
esencia de mujer en aromas de mil flores de fresca savia. Acúname en tu pecho y
acaricia mi rostro aunque no pueda sentirlo.
Fue en ese momento cuando el milagro de lo imposible se cumplió amor mío. Pues tu
enorme pena te llevó a acunarme en tu seno como si de un frágil cupido se tratase.
Cantaste con voz tomada la más bella de las melodías. Jamás había escuchado algo así.
Rozaste con tus yemas perladas mi frente, mi mejilla, incluso me dibujaste una sonrisa
inerte que no apareció. Así fue vida mía, como el sentido del tacto recuperé, ahora
podía sentir el calor de tu ser, tus mimos más íntimos. Seguidamente entonaste en
prosa y tras una preciosa rima tus labios se posaron sobre los míos pensando que sería
un beso, frío, seco. El gusto vino tras lo esponjoso de tus labios y paladeando me
supiste a fruta madura, jugosa. Me moría por beberte. Alzaste tu rostro al cielo y tus
párpados se cerraron, de ellos brotaron dos lágrimas perfectas, redondas,
transparentes. Estas rodaron por tu rostro valientes y sin freno. Cada una de aquellas
gotas de esperanza sobre mis ojos cayeron y entonces pasó. Si mí amor. Pasó. Mis
párpados se despegaron y la luz los saturó, pestañeé hasta ser dueño de mis propias
visiones y allí te encontré, tan bella, tan pura…tan perfecta. Tú.

—Llévame contigo, seamos por fin uno en esa habitación con vistas. Eres tal y como te
imaginé.

FIN